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Al abrigo de los carrizos (2)

Yo, modestamente, me permitiría edulcorar, matizándolo, ese dicho de: “tiran más dos tetas que dos carretas”, y en el que subyace, presumo, el machismo frustrado de todas las testosteronas que no encontraron soporte en el que realizarse.

 

Y aclararía pues que las tales tetas son en definitiva los preciosos nardos siempre en flor de las chicas nuestras con los que tan jubilosamente nos obnubilan a todos los hombres.

 

Y cuando digo que nos obnubilan a todos los machos solitarios de la manada, y no tan solo a los machos solitarios, digo lo que en realidad sucede en la sosa rutina de la vida rutinaria.

 

Porque las testosteronas esas que no paramos de fabricar de por vida resultan ser unas hormonas muy poderosas e impetuosas, pero muy impotentes cerebralmente pues están carentes de neuronas y sólo pueden hacer con su poderío e impetuosidad aquello para lo que fueron programadas, es decir, potenciar el deseo de hacer el amor.

 

Y este exordio perdido aparentemente en el vacío de una retórica absurda es la introducción a un hecho hilarante y sabroso donde los haya que me ha sucedido (Fuente:  Telegraph).

 

Pudiera ser la del alba o la de la atardecida pudiera ser igualmente que la noticia se me coló en mis entresijos y desde entonces me siento con el ánimo suspendido y la faz pasmada, pero en un todo satisfecho y gozoso de vivir tan sabrosos cuentecillos. Y no es para menos cuando leo: “Se buscan dos jóvenes atractivas atracadoras armadas de pechos”. (Sic)

 

Y el contenido de lo escrito debajo de tan esperpéntico título explica que cuando un joven terminó de introducir su código PIN en un cajero de París, dos veinteañeras sugerentes y seductoras en su inquietante lozanía se acercaron a él y le sonrieron, pero al chico nunca le dijeron guapo.

 

Y siendo las cosas así, héteme aquí que el primitivo de Atapuerca subiose al éxtasis carnal más que al divino abstraído en la contemplación de los preciosos nardos en flor de una de ellas, o de ambas dos quizás, cuando una de las ambas que era de muy dulce mirar sacó 300 euros de la cuenta del primitivo cuyo PIN tecleado estaba esperando ser activado.

 

Después, las dos huyeron, las dos fueron grabadas por la cámara de seguridad del cajero y las dos, relajadas ya, doran sus voluptuosas curvaturas en una playa del mediterráneo, según se supone.

 

Dícese que la policía francesa está buscando a las malhechoras, pero esta filtración imagino que será únicamente para tranquilizar al personal bobo e hipócrita que a estas horas comentará con inusitado entusiasmo y malignidad el sucedido.

 

Porque en resumidas cuentas y analizado el hecho este de las ladronas y el incauto, que no robado, resulta que no hay más que bendecidos y bendecidoras.

 

A ver, a este chico bobo ¿qué beneficio más tonificante y duradero en el tiempo le pudo haber sucedido en su vida de tan marcados tintes de palurdez que el comentado?

 

Y a las viejas del lugar, comparado al comentado ¿qué chascarrillo tan sabrosón hubiera podido ofrecerles el hiperactivo vacío de sus vacaciones a la vera de sus respectivos maridos afectados todos ellos del síndrome de la corneja mirona?

 

Y cuando menciono lo de la corneja, lo hago en su doble acepción de cuervo y de ave rapaz nocturna.

 

Y finalmente, ¿qué mejor recompensa a su generoso buen hacer de alegrar el átono instinto primario del chaval lelo venido de los espacios montaraces y perdidos de su terruño que el que recibieron nuestras deliciosas heroínas?

 

Reflexiono en las quisicosas referidas, y reconozco que soy muy feliz en estos momentos.

 

Eduardo Aranguren

 

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