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Cuando hablamos con las máquinas

En EL BLOG DEL CAPI hace una especie de reflexión sobre la comunicación e incomunicación en el tiempo de las máquinas parlantes, que pongo integramente:
Dicen que vivimos en la sociedad de la incomunicación, que casi siempre estamos rodeados de gente con la que no hablamos y que cada vez tenemos mayor sensación de soledad. No charlamos con quienes viajan con nosotros en el metro ni con el quiosquero al que le pagamos sin mediar palabra alguna ni con los que entran en nuestro ascensor ni muchas veces con nuestra familia, absortos todos como estamos viendo los insultos que se dirigen en un programa de televisión, por poner un ejemplo. Afortunadamente, esta triste incomunicación se ve contrarrestada por algo que hacemos cada vez con mayor frecuencia: hablar y escuchar a las máquinas. Todo empezó con aquel “su tabaco, gracias”, que nos hizo saber que, en este mundo de malos modales, por lo menos las máquinas expendedoras de cigarrillos estaban bien educadas. Era tan grata la sensación, que hasta los no fumadores comprábamos una cajetilla de vez en cuando con tal de poder disfrutar de aquellas mecánicas “gracias”. Desde entonces son muchas las máquinas parlantes que se han ido incorporando a nuestra vida. Nos habla el surtidor de gasolina, que con su “esta usted repostando gasolina 95 eurosuper”, a pesar de resultar un tanto frío, nos evita el error de repostar gasóleo y causar un serio problema a nuestro coche. Nos habla tambión el ordenador si hemos sabido configurarlo, que al recordarnos “son las dos en punto” nos avisa de que ya está bien de navegar a lo tonto por internet y de que ya es hora de irnos a dormir. Y tambión le hablamos a algunas máquinas, como cuando le damos instrucciones al telófono móvil: dices “cabrito” y al oír la palabra llama sin dudar a tu jefe. Una bendición. Nos guía el GPS del coche, “en la próxima rotonda gire en oblicuo a la izquierda”, una instrucción difícil de interpretar pero útil para ir a nuestro destino. El GPS, además de orientarnos, tiene otras características muy interesantes, como hablarte con la voz que tú deseas, que puede ser tanto el sensual tono de una chica que te permite fantasear sobre tu compañía, como la cálida voz de un amigo que te reconforta en un día malo. Tiene otra virtud, que habla lo necesario, lo justo, que no te agobia. Pero lo mejor, sin duda, son las discusiones con el GPS: duran poco y siempre te acaba dando la razón. Recibes una instrucción, no le haces caso, te dice una o dos veces que des la vuelta y, finalmente, acepta tu criterio y recalcula la ruta. ¡Quó pocas veces pasa eso en la vida! Por si fuera poco, algunos GPS se han convertido además en infiltrados y chivatos, hasta el punto de que nos alertan del radar que ha puesto la guardia civil. Un verdadero servicio para ganarse a los puntos el cariño de su dueño. Tambión hay máquinas con las que mantenemos diálogos. Tal vez las más interesantes de esta categoría sean los servicios automatizados de atención al cliente, los de “si llama por una consulta de tipo tócnico, pulse uno, si quiere consultar su factura, pulse dos, si… pulse cinco”. Estas máquinas nos mueven a la reflexión y nos obligan a aclarar nuestras ideas. No só a ustedes, pero a mi me pasa muy a menudo que despuós de escuchar el pulse uno, pulse dos… pulse cinco, en realidad no só muy bien quó pulsar porque no só definir con precisión cuál es mi problema. Así que cuelgo, me pongo a pensar y sólo me atrevo a llamar de nuevo cuando lo tengo meridianamente claro. Vuelvo a marcar el telófono, pulso el dos y otra vez me empieza a dar opciones sobre las que no se me había ocurrido pensar. Así que cuelgo otra vez y a reflexionar un ratito más. La mayor parte de las veces ni acabo de identificar bien el problema ni lo resuelvo, pero la máquina me ha proporcionado un cursillo acelerado para ser capaz de analizar en el futuro todas los opciones posibles ante cualquier circunstancia de la vida. Y, aunque a veces nos enfademos con ella, hace bien, que frecuentemente llamamos para reclamar en pleno calentón, a lo loco, sin pararnos a pensar un segundo, y todo porque tenemos un problema, como si fuóramos los únicos del mundo que tienen problemas. Quó bien hace esa voz mecánica en movernos a la reflexión, en recordarnos que somos seres pensantes por mucho que a menudo no lo parezcamos. Tal vez sea ese el paso que den las máquinas parlantes del futuro, el de pensar además de hablar. Si hubiera sido así desde el principio, las cosas habrían sido bien distintas. La máquina del tabaco no hubiera dicho “su tabaco, gracias”, quó va. La máquina en cuestión hubiera empezado diciendo, “¿sabes lo que haces insensato?, ¿me estás pidiendo que te dó unos cigarrillos que van a arruinar tu salud?”. Y, ante nuestra cara de sorpresa, hubiera añadido “tú, desde luego, eres tonto, o tonto o un suicida en potencia. Porque me coges de buen humor, que si no, te daba el tabaco asesino que me pides, pero has tenido suerte y te voy a evitar sufrimientos y una muerte horrorosa. Así que dame las gracias tú a mi, porque, en lugar de ese cigarrillo mortal, te voy a dar esta trocito de plomo. ¡Pum!”. Vamos, que empezaría de máquina de tabaco y acabaría de flamante ministra de sanidad.

Escrito por Toni

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